El otro lado de no retorno

26 noviembre, 2022

Siempre me ha sorprendido la misteriosa oblicuidad con la que opera nuestra voluntad. Ante un cambio profundo, a menudo nos atrincheramos en la negación, mientras que, en otros órdenes más inconscientes, todo un engranaje de actos y omisiones avanza irremediablemente hacia nuestro nuevo ser. Las rupturas sentimentales suelen ser un buen ejemplo de estas dinámicas. Poner fin a una relación enquistada es cosa dificilísima, pues las emociones y los miedos de dos personas se enredan formando una pegajosa tela de araña que ciega, paraliza y drena la libido existencial.

Encontré en los diarios de Susan Sontag este proceso desgranado y analizado. Encontré en esos diarios muchas cosas.

Tal vez esquivando los indicios de su homosexualidad, Sontag se casó muy joven con el profesor de la universidad de California Philip Rieff, con el que tuvo a su único hijo David, y del que se divorció ocho años después.

(03/01/1951)  I marry Philip with full consciousness + fear of my will toward self-destructiveness. 

Dos años antes se había enamorado de una mujer y había tenido un encuentro sexual muy revelador con otra. Llena de júbilo después de su primera experiencia homosexual escribe: My concept of sexuality is so altered -Thank God!…

Sontag siempre tuvo un concepto muy negativo del matrimonio y, a juzgar por lo que escribía en su diario, esta relación fue para ella como una cárcel de la que le resultaba imposible escapar. En 1957, aún sin romper el matrimonio, tomó la decisión de ir a pasar un año en Inglaterra, con lo que se fue perfilando, inevitablemente, la separación. Y luego, con la inestimable labor del tiempo y la distancia, lo que antes parecía imposible, se volvió una realidad irreversible:

(15/2/1958) The thought of going back to my old life -it hardly even seems like a dilemma any more. I can’t, I won’t. I can say that now without strain.

All those years, and I couldn’t do it, I didn’t have the will. And now, it’s so easy – I’m already on the other side from which it’s impossible to return.


Thérèse Schwartze – Retrato de Lizzy Ansingh, 1902

24 noviembre, 2022

Tragaluz #31 (Jonás Trueba, 2022)

21 noviembre, 2022

Pandora and the Flying Dutchman, 1951

19 noviembre, 2022

He visto -por la mera contemplación de Ava Gardner- una película con el siguiente argumento: un hombre, presa de los celos, mató a su mujer y por ello fue condenado a errar en un barco para toda la eternidad, pudiendo acercarse cada siete años a las costas para hallar a otra mujer que estuviese dispuesta a morir con y por él para liberarlo de su condena. Entonces encontró a Pandora, la mujer más bella e indomable, tan llena de vida que sería impensable que pasase por ese aro. Pero lo hizo.


Tragaluz #30 (Villa Amalia, 2009)

15 noviembre, 2022

Imágenes salvíficas #2

13 noviembre, 2022

Hay un arsenal de imágenes, mayoritariamente paisajísticas, configuradas ya en el imaginario colectivo, tan trilladas por la industria pseudopoética que en realidad solo sirven para anestesiar la mirada o para anular la potencia imaginadora. Luego están las imágenes salvíficas, como las llama Belén Gopegui en La escala de los mapas. Estas resultan particularmente eficaces (salvíficas) cuando son de cosecha propia, innombrables e intransferibles, generadas por nuestra imaginación. No obstante, hay tanta generosidad en el mundo, que siempre ha sido posible el acceso a otras canteras de imágenes ajenas, aventureras e inusuales, que jamás serán de consumo frecuente porque son difíciles. Están ahí, solo hay que saber verlas en textos, en cuadros, en planos o escenas de películas, en raras conversaciones… Sus acuñadores son bienhechores que, en lugar de atesorarlas en secreto, prefieren compartirlas.


Winslow Homer – Beach Scene, ca. 1869

6 agosto, 2022

Alex Katz – Blue umbrella#2, 1972

5 agosto, 2022

By Grand Central Station I Sat Down and Wept

30 julio, 2022

Alas, I know he is the hermaphrodite whose love looks up through the appletree with a golden indeterminate face. While we drive along the road in the evening, talking as impersonally as a radio discussion, he tells me, «A boy with green eyes and long lashes, whom I had never seen before, took me in the back of  a printshop and made love to me (…)»

«One should love beings whatever their sex»,  I reply, but withdraw into the dark with my obstreperous shape of shame, offended with my own flesh which cannot metamorphose into a printshop boy with armpits like chalices.

(…)

I am over-run, jungled in my bed, I am infested with a menagerie of desires: my heart is eaten by a dove, a cat scrambles in the cave of my sex, hounds in my head obey a whipmaster who cries nothing but havoc as the hours test my endurance with an accumulation of tortures. Who, if I cried, would hear me among the angelic orders?

Elizabeth Smart: By Grand Central Station I Sat Down and Wept, 1945.


La marca del género

29 julio, 2022

La forma abstracta, lo general, lo universal, eso es lo que significa el llamado género masculino, porque la clase de los hombres se ha apropiado de lo universal para ellos. Debemos comprender que los hombres no nacen con una facultad para lo universal y que las mujeres no están reducidas desde su nacimiento a lo particular. Lo universal se lo han apropiado desde siempre los hombres, y siguen haciéndolo. Esto no ocurre por arte de magia, sino que debe hacerse. Es un acto, un acto criminal, perpretado por una clase contra otra. Es un acto cometido en el nivel de los conceptos, en la filosofía, en la política. Y el género, al reforzar una categoría particular sobre las mujeres, supone una medida de dominación. El género es muy dañino para las mujeres cuando se utiliza el lenguaje. Peor aún. El género es ontológicamente una imposibilidad absoluta.

Monique Wittig: El pensamiento heterosexual y otros ensayos.
Trad. Javier Sáez y Paco Vidarte.