Pribislav Hippe

Pribislav Hippe es un muchacho exótico y remoto que se distingue entre todos los demás del patio del colegio en la mirada de Hans Castorp. A Castorp le gusta observarlo, escucharlo y admirarlo secretamente. Su presencia le da a los días esa cualidad especial que lo sostiene todo y que, cuando falta, nos devuelve a la planicie de la normalidad, ya desprovista de sentido.

Algunos críticos han visto en este personaje la representación del homoerotismo en Thomas Mann y en el lápiz que Pribislav le presta a Castorp, un símbolo del deseo del falo. Sin embargo, yo creo que Mann gustaba de una simbología bastante más elaborada y que a veces -a menudo, incluso- un lápiz es un lápiz es un lápiz.

Pribislav Hippe es el otro, vertiginosamente otro. Aunque la atracción entre las personas está siempre impregnada de eros, en este caso la orientación sexual o el sexo son irrelevantes. Se trata del proto–amor, la atracción primigenia hacia el otro, inaccesible y remoto. Es un viaje. Castorp se desplaza hacia Pribislav, su mirada se adhiere en la piel del tártaro y le duele despegarla. No es deseo sexual lo que siente; es la  sed de la imposible aprehensión absoluta del ser remoto, el desposeimiento de sí mismo en la contemplación. Poco importa que Pribislav sea un muchacho o una muchacha. Lo esencial es que si Hans Castorp llegara a poseer o  tan siquiera a conocer a Pribislav, éste dejaría de ser Pribislav.

Hippe, hijo de un historiador y profesor del liceo y, por consiguiente, alumno modélico y adelantado en un curso a Hans Castorp, aunque casi de la misma edad, era natural de Mecklemburgo, y su persona constituía sin duda el producto de una antigua mezcla de razas, de una alianza de sangre germánica y wendo-eslava o de una combinación análoga. Obviamente era rubio (llevaba los cabellos cortados al rape en su cráneo redondo). Sus ojos gris o azul grisáceos —se trataba de un color un tanto indeterminado y equívoco— eran de una forma particular, estrecha y, vistos de cerca, incluso un poco oblicua, y bajo esos ojos se destacaban unos pómulos bien marcados. En su conjunto, un rostro nada feo, al contrario más bien atractivo, pero que le había valido entre sus camaradas el apodo del Tártaro. Por otra parte, Hippe llevaba ya pantalón largo y una chaqueta azul abrochada hasta el cuello y muy ajustada a la espalda, en las solapas de la cual se percibían algunas motas de caspa.

Pero el hecho era que Hans Castorp había fijado su atención en ese Pribislav desde hacía tiempo; le había elegido entre la confusión de conocidos y desconocidos del patio del colegio; se interesaba por él, le seguía con la mirada y, ¿es preciso admitirlo?, le admiraba y lo consideraba con un interés especial. Sea como fuera lo observaba con especial atención y, ya cuando se dirigía a la escuela se ilusionaba con la idea de verle con sus compañeros de clase, verle hablar, verle reír y distinguir de lejos su voz, que siempre tenía agradablemente tomada, como velada y un poco ronca. Hay que admitir que no había razón suficiente para ese interés, exceptuando, tal vez aquel nombre pagano, aquella cualidad de alumno modélico, que en todo caso no significaba nada, o finalmente esos ojos de tártaro —ojos que, en ocasiones, cuando miraban de reojo, de una manera muy especial, que tenía por objeto el ver nada, se tornaban misteriosos bajo una sombra tan oscura como seductora. No es menos cierto que Hans Castorp se preocupaba muy poco de justificar racionalmente sus sensaciones y de catalogarlas. Sin duda no podía hablar de amistad, puesto que ni siquiera «conocía» a Hippe. Pero en cualquier caso, nada obligaba a dar un nombre a esos sentimientos, ya que ni siquiera se planteaba que pudieran verbalizarse. En segundo lugar, una palabra significa, si no una crítica, una definición, es decir, una clasificación en el orden de lo conocido y habitual, mientras que Hans Castorp estaba inconscientemente convencido de que un tesoro interior tan íntimo como aquél debía ser resguardado para siempre al abrigo de la definición y la clasificación.

Thomas Mann, La montaña mágica, 1924.

2 respuestas a Pribislav Hippe

  1. wehwalt dice:

    Los ojos de Pribislav, cuánta verdad hay en ese episodio, de qué manera afilada van las palabras de Thomas Mann profundizando en lo más lejano de la infancia, en el misterio del otro, de lo que está más allá de la experiencia familiar y común.

    Gracias por este viejo post.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: