Abelone

Fue en el año siguiente  a la muerte de mamá cuando percibí por primera vez a Abelone. Abelone estaba allí siempre. Precisamente era ésta su falta más grave. Y además, Abelone no era simpática, según había yo observado un día, en otro tiempo, con no sé qué ocasión, sin comprobar nunca seriamente este juicio. (…)

Por lo demás Abelone tenía una cualidad: cantaba. Es decir, tenía temporadas en las que cantaba. Había en ella una música fuerte e inmutable. (…) Yo que, ya de niño, era tan desconfiado con respecto a la música (no porque me sacase más violentamente que nada fuera de mí mismo, sino porque había notado que no me depositaba donde me había encontrado, sino más abajo, en lo inacabado) soportaba esta música en la que se podía subir, subir, de pie, derecho, cada vez más arriba, hasta que se pensaba estar cerca del cielo después de un instante. Yo no sospechaba entonces que Abelone tuviese que abrirme aún otros cielos.

Rainer Maria Rilke, Los apuntes de Malte Laurids Brigge, 1910.

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