Bellevue

En 1921 Aby Warburg ingresa en Bellevue,  el reputado sanatorio del psiquiatra Ludwig Binswanger en Kreuzlingen, en la orilla suiza del lago Constanza, como resultado de una grave crisis psicótica que brota desde 1918.

Georges Didi-Huberman hace un apasionante análisis de este período de la vida del fundador de la “ciencia sin nombre”:

Cuando llega a Bellevue el “sismógrafo” Warburg está roto en pedazos. ¿Qué es lo que lo ha roto? Un seísmo histórico de gran magnitud. No su historia individual, sino el encuentro de ésta con la historia occidental considerada en su totalidad. Es al sumergirse en la Gran Guerra cuando el sismógrafo se rompe. Warburg intentó al principio registrar todas las sacudidas: desde el principio del conflicto, en 1914, formó un archivo considerable, recortó millares de artículos, compiló noticias, trazó la evolución geográfica del seísmo humano dibujando las posiciones estratégicas y las líneas del frente, es decir, dibujando las líneas de trincheras, esos “esquizos” practicados en la tierra de Europa para tragarse a los hombres por millones.

(…) En medio de sus veinticinco mil notas sobre la guerra de las trincheras, trastornado por cada muerte humana sin saber nunca quién era el culpable y quién el inocente, Warburg se fundió con los fantasmas: dio en creer que, al haber despertado a los demonios paganos del oscurantismo -objetos de su estudio erudito sobre el Nachleben astrológico en la Alemania del siglo XVI-, él mismo era la causa de la guerra.

(…) La labor de Binswanger fue, justamente, llevar a su paciente a reencontrar, en el seno mismo de sus motivos delirantes, terroríficos o destructores -las serpientes, por ejemplo-, un núcleo de verdad alrededor del cual todo su pensamiento podía, debía, resurgir. Para ello se recurrió simultáneamente a tres medios: una “cura de opio”, un psicoanálisis freudiano y un tercer medio del que la conferencia de 1923 no fue sino la culminación: la reconstitución de un intercambio intelectual, una incitación a trabajar a pesar de todo, a  construir en la locura. (…) Warburg deliraba por la mañana, pero, por la tarde, había “reencontrado a sus espíritus” lo bastante como para ser capaz de sostener una discusión intelectual en torno a una taza de té en compañía de Binswanger y a veces hasta de un invitado como Ernst Cassirer.

Georges Didi-Huberman,  “Warburg en la clínica de Binswanger: Construcciones en la locura”, pp. 332, 335, 342, en La imagen superviviente. Historia del arte y tiempo de los fantasmas según Aby Warburg, 2002.

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