Las damas del Bois de Bologne (la carta)

Agnès ha llevado una mala vida. Ya retirada de la senda de la perdición, por motivos que a ella se le escapan, el amor llama insistentemente a su puerta. Pero, marcada por su pasado, ella cree que no es digna de él. Entonces le escribe a su amado una carta en la que le confiesa que ella era una bailarina que se dedicaba a entretener a los hombres hasta altas horas de la madrugada, que todos la conocen en ciertos ambientes, que no es una dama pura e inaccesible como él la ha imaginado.

Pero sucede que los objetos a veces cobran vida propia y se cargan de un significado inesperado, en desacato a su funcionalidad. Esta carta se rebela a cumplir su función de canal de comunicación para la confesión de Agnès y, por más que ella se empeñe físicamente en entregarla, el papel al final se echa a volar y el viento le devuelve la carta posada en su pecho. Transportada por el viento de vuelta a su remitente, la carta se convierte en objeto fallido, porque ¿qué hacer con la materialidad latente de una confesión fallida, de una carta que no ha llegado a su destinatario? En su vuelo de regreso hacia Agnès, la carta cobra un nuevo significado e inaugura un nuevo acto de comunicación emitido por el azar y validado por ella, que desea fervientemente interpretar una señal que la libere de su pasado.

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