Gertrud, Carl Theodor Dreyer (1964)

Creo en los placeres de la carne y en la irremediable soledad del alma”.

Gabriel Lidman, Gertrud

Carl Theodor Dreyer dio vida a dos grandes iluminados recogidos del teatro: Johannes Borgen y Gertrud Kanning. El primero, hombre, parece ser el mismísimo hijo de Dios, mientras que la segunda, mujer, es una kamikaze del amor.

Gertrud es una teoría del amor que emana de un universo dramático compacto y perfecto. Una suerte de realidad desacostumbrada respira a través de una plástica exquisita y geométrica. Largos y pausados planos secuencia en los que puertas, sillas, mesas, relojes, cuadros, esculturas, lámparas y espejos parecen escuchar y enternecerse con los parlamentos de unos actores solemnes y estáticos, cuyos movimientos, gestos y dicción se independizan de la verosimilitud de lo cotidiano aquejados por “la irremediable soledad del alma”.

La obra se articula como una sucesión de despedidas amorosas en el luminoso camino de Gertrud Kanning hacia la soledad. Se despide del amor loco que la consume, el joven y libertino pianista que le ofrece una amistad erótica sin compromiso. Se despide del gran amor de su vida, el célebre poeta ante el que expone su teoría del amor en un largo plano secuencia que comienza y acaba con ella entrando y abandonando la estancia a través de un espejo. Se despide del tibio y conveniente amor de su civilizado esposo el ministro.

Estamos ante una suerte de Enma Bovary consciente y constructiva con una teoría del amor quimérica que exige la estancia permanente en el centro de la llama: que el amor no se apague ni se atenúe por la erosión de la consumación y la intimidad. La imposible incandescencia de este personaje se manifiesta en las innundaciones de luz que nos ciegan en varias escenas en las que ella recuerda sus amores pasados.

En una sociedad opresiva en su contención y pragmatismo donde no existe el femenino de Rector Magnificus, el posicionamiento de esta mujer podría parecer revolucionario porque demanda una dedicación total y constante a algo tan poco práctico como el amor puro. Sin embargo, no podemos olvidar que la prerrogativa gertrudiana del amor omnia en realidad abunda en cierto fundamentalismo amoroso femenino de damas calcinadas en las sombras de la esfera privada, a las que la Historia sólo les brindó la posibilidad del amor y de la espera. Es por ello que lo realmente interesante y novedoso de este extraño drama radique precisamente en la decisión de esta mujer de renunciar a todos los hombres cuando aún le llueven las ofertas amorosas.

La trayectoria amorosa de Gertrud es una acumulación de heridas, porque pese a las elevadas teorías, la práctica del amor siempre es humanamente mediocre e imperfecta. Incapaz de aceptar esto, rompe la baraja de los hábitos amorosos al uso, se desmarca de ese régimen de la tibieza y se marcha, ataviada con una capa. Pero no va a arrojarse a las vías de un tren ni a robarle arsénico al boticario, sino a cumplir, como heroína anti-romántica, un designio mucho más racional: poner fin a la esclavitud del amor y vivir en soledad.

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