España, 1963

…y en aquel espurio verano de 1963 tu patria se había convertido en un torvo y somnoliento país de treinta y pico millones de policías no uniformados (incluidos los díscolos y los rebeldes). Con tu natural optimismo pensabas que dentro de poco los funcionarios ya no serían precisos puesto que, en mayor o menor medida, el vigilante, el censor, el espía se habían infiltrado veladamente en el alma de tus paisanos. En todo grupo, bajo el caciquismo peculiar de la tribu, la inquisición reaparecía con insospechados disfraces: interrogatorios, acusaciones, pesquisas, careos. Policías paralelas y opuestas cubrían de un extremo a otro el yerto y exangüe solar (frondosa cosecha de vocaciones en tierra tan recocida y sedienta). El marido policía de la mujer y la mujer del marido, el padre del hijo y el hijo del padre, el hermano del hermano, el ciudadano del vecino. Burguesía (monopolista o nacional, rural o urbana), proletariado, campesinos, capas medias: todos policías. Policía igualmente el soberbio intelectual aislado y hasta el bondadoso novelista con inquietudes sociales (al menos, de sus íntimos). El amigo de toda la vida, el compañero de las horas difíciles: policías también. (Y cuántas veces tú, el propio Álvaro, no habías pactado con el conformismo ambiente, censurándote en público y en privado, ocultando a los demás tu verdad irreductible: policía asimismo, bien que te pese ahora.)

Juan Goytisolo, Señas de identidad, 1966.

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