Carta de Francesco Petrarca a Giovanni de Incisa comisionándole que busque libros (1346)

Por ejemplo, Marcos Varo se convirtió en mi queridísimo amigo gracias a Academica de Cicerón; en su De officiis oí hablar de Enneo por vez primera y mi amor por Terencio nació cuando leí las Tusculanae Disputationes . Supe de los Origines de Catón y del Oeconomicus de Xenofonte gracias a De Senectute de Cicerón, y también en De Officiis leí la traducción hecha por Cicerón de éste último. Asimismo, el Timaeus de Platón me introdujo a la sabiduría de Solón, en tanto que la muerte de Catón me llevó al Phaedro de Platón, y al decreto del rey Ptolomeo que desterró a Hegesias de Cirenea; y me apoyé en Séneca para conocer las cartas de Cicerón, antes de posar mis ojos en ellas. Es más, San Agustín fue quien me indicó que empezara a buscar Contra Superstitiones , el libro de Séneca, y Servio fue quien me habló de la Argonautica de Apolonio. Lactancio fue el primero de entre los muchos que despertaron mi interés en los libros de la República , en tanto que Suetonio y Aulo Gelio hicieron eso mismo en tanto de la Historia de Roma de Plinio y de la elocuencia de Favorino; y el famoso epítome de Anneo Floro me inspiró asimismo a buscar los fragmentos sobrevivientes de Livio. Omito las obras más famosas, generalmente conocidas, que no necesitan que nadie hable de ellas -aun cuando, de hecho, dejan una impresión más profunda en nuestra mente cuando las apoya un testigo de calidad- como el conocido tributo a la preeminente elocuencia de Cicerón y la notable eulogía que Séneca hace a su genio en Controversiae, así como la descripción de Eusebio sobre el notorio don de la palabra de Virgilio, citado en Saturnalia , también el humilde tributo rendido con reverencia a la Eneida de Virgilio por el poeta Papiniano Estacio cuando manda su Thebaid al mundo con la orden de “seguir desde lejos esos pasos benditos”; igualmente famoso es el tributo que Horacio -quien, de hecho, habla por todos- rinde a Homero, el príncipe de los poetas. No es preciso decir más, pues no terminaría si recordara todos los libros cuyos nombres me resultaron nuevos y que anoté de mis lecturas de Prisciano el gramático.

(…) os ruego, si me amáis, buscad personas educadas y confiables y enviadlas a recorrer la Toscana, a vaciar los libreros de los monjes y todos los demás estudiosos, para ver si sale algo a la luz que sirva para saciar -o debería decir aumentar- mi sed. Conocéis bien cuáles son los lagos en los que suelo pescar y los refugios que descubro, mas, no obstante, con esta carta os envío una lista por separado de lo que quiero en particular, de tal manera que no cometáis error alguno; y para brindaros prueba de vuestro valor, os diré que he dirigido la misma petición a mis demás amigos en Inglaterra, Francia y España. Esforzaoos para que no parezca que quedáis a su zaga en diligencia y buena disposición. Con este comentario me despido de vos.

FRANCESCO PETRARCA

(Subrayada y destacada libremente por caminosdispersos)

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