El monte y el alma: érase una vez el Renacimiento

Petrarca

En la colección epistolar titulada Familiarum rerum libri, hay una carta (IV, I) dirigida al teólogo agustiniano Dionigi da Borgo Sansepolcro en la que Francesco Petrarca narra una epifánica excursión a la cumbre del Monte Ventoso, supuestamente realizada el 26 de julio de 1336, en compañía de su hermano Gherardo y unos sirvientes.

Detalla Petrarca que mientras su hermano subía diligentemente por el camino más empinado y directo hacia la cumbre, él iba perdido en sus pensamientos y procurando hallar la ruta más llana y, por lo tanto, la más fácil y dilatada. Esto llevó al caminante en un momento a darse cuenta de la analogía entre esta mediocre andadura física hacia la cumbre y el zigzagueo de su propia trayectoria espiritual hacia la nunca alcanzada perfección. Y entonces se dijo a sí mismo:

Has de saber que lo que has experimentado hoy en varias ocasiones en el ascenso de este monte es lo que te sucede a ti y a muchos cuando os acercáis a la vida beata; pero no es tan fácil que los hombres se perciban de ello, pues los movimientos del cuerpo son visibles, mas los del espíritu permanecen invisibles y ocultos.

Al llegar a la cima el poeta contempló las grandiosas vistas:

Primeramente, alterado por cierta insólita ligereza del aire y por el escenario sin límites, permanecí como privado de sentido. Miré en torno de mí: (…) La frontera entre la Galia e Hispania, los Pirineos, no podía divisarse desde allí, no porque se interponga algún obstáculo, que yo sepa, sino por la sola debilidad de la vista humana; en cambio se veían con toda claridad las montañas de la provincia de Lyon a la derecha, y a la izquierda el mar que baña Marsella y Aigües-Mortes, distante algunos días de camino; el Ródano mismo estaba bajo mis ojos.

Piero di Lorenzo Ritratto di Francesco Petrarca

Entonces se le ocurrió abrir al azar el volumen de las Confesiones de san Agustín que llevaba en la mano y se encontró por casualidad con este pasaje:

Y fueron los hombres a admirar las cumbres de las montañas y el flujo enorme de los mares y los anchos cauces de los ríos y la inmensidad del océano y la órbita de las estrellas y olvidaron mirarse a sí mismos.

Esta carta de Petrarca es un documento fetiche para montañistas y fuente de múltiples interpretaciones para hermeneutas. La bibliografía al respecto es muy extensa. Lo más probable es que no se trate de la narración de una excursión real, sino de la calculada construcción literaria de una alegoría, a la par que de un iniciático ejercicio de imitatio renacentista de la conversión agustiniana ajustada la medida de su propia experiencia:

Entonces, contento, habiendo contemplado bastante la montaña, volví hacia mi mismo los ojos interiores, y a partir de ese momento nadie me oyó hablar hasta que llegamos al pie; aquella frase me tenía suficientemente ocupado en silencio. (…) ¿Cuántas veces aquel día, mientras volvíamos, piensas que me giré para contemplar la cumbre de la montaña? Me pareció entonces que apenas tenía un codo de altitud en comparación con la altura del alma humana cuando no se sumerge en el fango de la inmundicia terrenal.

Si algunos reivindican a Petrarca como el padre del turismo moderno por este viaje, también se ha escrito que la utilización del entorno natural como correlato de su alma constituye una nueva forma de mirar el paisaje, que se distancia de la sensibilidad medieval y se extenderá posteriormente por Europa como específicamente renacentista.

Narración real de un viaje o construcción literaria de una alegoría, me gusta la idea -teleológica, digestiva, visual, imposible- del ascenso y descenso de Francesco Petrarca, silencioso, con un libro en la mano, midiendo su alma con el monte, trazando con sus huellas -físicamente- el paso de la Edad Media al Renacimiento.

2 respuestas a El monte y el alma: érase una vez el Renacimiento

  1. Miromuros dice:

    ¡Precioso! Anda que ir de excursión y llevarte Las Confesiones… (y sin Kindle).
    Buen domingo.

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