Morfina (Oda)

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Nos contó en la orilla del mar, mientras la tarde de agosto se desperezaba ante la sorda respiración del Atlántico, que durante su convalecencia en el hospital le habían dado morfina. Explicó que bajo los efectos de una dosis generosa no solo desaparecía el dolor, sino que las formas y los movimientos a su alrededor se volvían bellos y perfectos, que todo estaba en orden y todo tenía sentido y que, mirando hacia dentro, su propio ser le procuraba un placer intenso y su narrativa vital adquiría el brillo de aquellos episodios de la infancia y la juventud.

(Y el retorno a lo gris).

Me pregunté por qué clase de mezquindad funcional no podemos sentirnos así por defecto, por qué no podía yo en esa playa bajo ese sol con ese cuerpo en ese mismo instante aproximarme a ese estado, si en verdad todo estaba bien.

Esta reflexión playera marcó el final del verano. Abracé la vorágine de septiembre en pie de guerra contra la indiferencia, el entumecimiento, la erosión, el desgaste, la opacidad, el olvido, la bruma.

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