Cesárea Tinajero

23 diciembre, 2014

Amadeo Salvatierra, calle República de Venezuela, cerca del Palacio de la Inquisición, México DF, enero de 1976.

[…] de repente cerré los ojos (o tal vez ya los tuviera cerrados) y vi la plaza de Santo Domingo con sus portales, la calle Venezuela, el Palacio de la Inquisición, la cantina Las Dos Estrellas en la calle Loreto, la cafetería La Sevillana en Justo Sierra, la cantina Mi Oficina en Misionero cerca de Pino Suárez, en donde no dejaban entrar ni a uniformados ni a perros ni a mujeres, salvo a una, la única que sí entraba, y vi a esa mujer caminar por esas calles otra vez, por Loreto, por Soledad, por Correo Mayor, por Moneda, la vi atravesar rápidamente el Zócalo, ah, qué visión, una mujer de veintitantos años en la década de los veinte atravesando el Zócalo con tanta prisa como si acudiera tarde a una cita de enamorados o como si se dirigiera a una chambita en alguna de las tiendas del centro, una mujer vestida discretamente, con ropas baratas pero bonitas, el pelo negro azabache, la espalda firme, las piernas no muy largas pero con la gracia inigualable que tienen las piernas de todas las mujeres jóvenes, ya sean flacas o gordas o bien torneadas, piernas tiernecitas y decididas, calzada con unos zapatos sin tacón o con un taconcito mínimo, baratos pero bonitos y sobre todo cómodos, hechos que ni adrede para caminar aprisa, para llegar a tiempo a una cita o al trabajo, aunque yo sé que ella no va a ninguna cita ni la esperan en ningún trabajo. ¿Adónde se dirige, entonces? ¿O es que no se dirige a ninguna parte y ésta es su forma habitual de caminar? Ahora la mujer ya ha atravesado el Zócalo y toma por Monte de Piedad hasta Tacuba, en donde el gentío es mayor y ya no puede caminar tan rápido, y tira por Tacuba, desacelerada, y por un instante la muchedumbre me la hurta, pero luego vuelve a aparecer, allí está, caminando en dirección a la Alameda o puede que se detenga antes, en el Correo, pues en sus manos distingo ahora con claridad unos papeles, cartas tal vez, pero no entra en Correos, cruza hasta la Alameda y se detiene, parece que se detiene a respirar, y luego sigue caminando, con el mismo ritmo, por los jardines, bajo los árboles, y así como hay mujeres que ven el futuro, yo veo el pasado, veo el pasado de México y veo la espalda de esta mujer que se aleja de mi sueño, y le digo ¿adónde vas, Cesárea?, ¿adónde vas, Cesárea Tinajero?

Roberto Bolaño, Los detectives salvajes, Anagrama, 2011 [1998].


Captain’s Giles brain

10 agosto, 2014

Though very well known and appreciated in the shipping world, he had no regular employment. He did not want it. He had his own peculiar position. He was an expert. An expert in—how shall I say it?—in intricate navigation. He was supposed to know more about remote and imperfectly charted parts of the Archipelago than any man living. His brain must have been a perfect warehouse of reefs, positions, bearings, images of headlands, shapes of obscure coasts, aspects of innumerable islands, desert and otherwise.

Joseph Conrad, The Shadow-Line, 1917.


Historias extraordinarias: Las dos hermanas

10 septiembre, 2013

Las dos hermanas son muy diferentes. Alicia, la mayor, es dura, desafiante, de mirada incisiva y filosa, con algo de soviética o de partisana. Mira fijo durante largos segundos, pregunta mucho, una pregunta tras otra, opina descaradamente, mira al vacío pensando, pensando y fumando. Sin embargo,  no es masculina. Está llena de energía pero no con la energía tosca y violenta de los varones. Es simplemente fuerte. Por momentos parece un ave de presa. Un águila expectante a punto de atacar. En esos momentos se vuelve hermosa, deslumbrante.

Maria Luisa es su contracara, es callada, le cuesta mirar a la cara, es torpe en el trato, es ingenua, se sonroja. Sin embargo, detrás de esa impresión inicial, María Luisa comienza a revelarse de a poco como aguda y lúcida. Una persona llena de humor, un humor que avanza de a poco pero que termina por invadirlo todo. Detrás del carácter reservado esconde una gracia que desacomoda y sorprende. Es de una belleza secreta, huidiza, tardía y repentina.

Mariano Llinás, Historias extraordinarias, Capítulo XIV:  “Las dos hermanas”, 2008.


Il Cavaliere

9 febrero, 2013

…and he keeps himself busy. His is the hyperactivity of the heroic depressive. He ferried himself past one vortex of melancholy after another by means of an astonishing spread of enthusiasms.

(…y se mantenía ocupado. La suya era la hiperactividad del depresivo heroico. Transitaba entre vórtices de melancolía gracias a un asombroso despliegue de entusiasmos.)

Susan Sontag, The Volcano Lover, 1992.


Ronette Pulaski

1 julio, 2012


Lily Briscoe (this other thing, this truth, this reality)

22 octubre, 2011

With a curious physical sensation, as if she were urged forward and at the same time must hold herself back, she made her first quick decisive stroke. The brush descended. It flickered brown over the white canvas; it left a running mark. And so pausing and so flickering, she attained a dancing rhythmical movement (…); and so, lightly and swiftly pausing, striking, she scored her canvas with brown running nervous lines which had no sooner settled there than they enclosed (she felt it looming out at her) a space. Down in the hollow of one wave she saw the next wave towering higher and higher above her. For what could be more formidable than that space? Here she was again, she thought, stepping back to look at it, drawn out of gossip, out of living, out of community with people into the presence of this formidable ancient enemy of hers – this other thing, this truth, this reality, which suddenly laid hands on her, emerged stark at the back of appearences and commanded her attention.

(Movida por una extraña sensación, como si algo la impulsara a seguir y al mismo tiempo la retuviera, había dado la primera y decisiva pincelada. El pincel descendió. Destelló el color castaño sobre el blanco lienzo; dejó una mancha alargada. Y así haciendo pausas entre los destellos, logró un movimiento rítmico de baile (…); suave y velozmente, entre pausas y pinceladas, llenó el lienzo de nerviosas líneas de color castaño que en cuanto se fijaban comprendían en su interior (notaba cómo tomaba forma para ella) todo un espacio. En el seno de una ola, veía cómo la siguiente se erguía cada vez más alta sobre ella. ¿Acaso había algo más formidable que este espacio? Aquí estaba de nuevo, pensaba, retrocediendo un paso para verlo, lejos de los cotilleos, de la vida, de la comunidad de las personas, ante este formidable y viejo enemigo de ella: esta otra cosa, esta verdad, esta realidad que de repente se apoderba de ella, que se erguía con fuerza ante ella, tras las apariencias de las cosas, y exigía su atención.)

Virginia Woolf, To the Lighthouse, 1927.


Patti Smith

16 junio, 2011

La otra noche, varios factores contribuyeron a que experimentara durante unos generosos segundos (¡tal vez un minuto!) una sensación de genuina y profunda emoción que me puso casi al borde de un llanto catártico al ver a Patti Smith salir al escenario a escasos metros de mí. Nunca había presenciado así, con la guardia baja, el proceso de la conversión del icono en carne, carne viva y añeja, para mayor emoción.