El Silos, Trieste

31 agosto, 2015

Conocí así por primera vez el Silos, donde vivían acampados miles de refugiados istrianos, dálmatas o de Fiume con nosotros. Era un edificio inmenso de tres pisos, construido durante el imperio de los Habsburgo como depósito de semillas de cereales, con una amplia fachada adornada con un rosetón y dos largas alas entre las que se abría una especie de patio interior, donde los niños iban a jugar en tropel y las mujeres tendían la colada. El exterior de este edificio es aún hoy visible cerca de la estación del tren.

La planta baja, el primer piso y el segundo estaban casi por completo sumidos en la oscuridad. El tercero, en cambio, estaba iluminado por unas grandes claraboyas que había en el techo, que no se podían abrir. En cada piso, el espacio se encontraba subdividido por tabiques de madera en muchos y pequeños compartimentos, llamados box, que se disponían sin interrupción como las celdas de una colmena. Entre ellos se abrían calles principales y callejuelas secundarias de enlace. (…)

Entrar en el Silos era como entrar en un paisaje vagamente dantesco, en un nocturno y humeante purgatorio. De los box se elevaban vapores de cocción y olores disparatados, que se unían hasta formar uno intenso, característico, indescriptible, una mezcla dulzona y rancia de olor a sopa, a coles, a fritos, a sudor y a hospital.

Marisa Madieri, Verde agua, 1987.
Trad. Valeria Bergalli

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Insomnia in London

25 diciembre, 2013

…I began my nocturnal wanderings through London, to escape the insomnia which increasingly tormented me. For over a year, I think, said Austerlitz, I would leave my house as darkness fell, walking on and on, down the Mile End Road and Bow Road to Stratford, then to Chigwell and Romford, right across Bethnal Green and Canonbury, through Holloway and Kentish Town and thus to Hampstead Heath, or else south over the river to Peckham and Dulwich or westward to Richmond Park. It is a fact that you can traverse this vast city almost from end to end on foot in a single night, said Austerlitz, and once you are used to walking alone and meeting only a few nocturnal spectres on your way, you soon begin to wonder why, apparently because of some agreement concluded long ago, Londoners of all ages lie in their beds in those countless buildings in Greenwich, Bayswater or Kensington, under a safe roof, as they suppose, while really they are only stretched out with their faces turned to the earth in fear, like travellers of the past resting on their way through the desert. My wanderings took me to the most remote areas of London, into outlying parts of the metropolis which I would never otherwise have seen, and when dawn came I would go back to Whitechapel on the Underground, together with all the other poor souls who flow from the suburbs towards the center at that time of day.

W. G. Sebald, Austerlitz, 2001. (Tr. del alemán de Anthea Bell).


El lugar Trieste

13 agosto, 2010

Lugar muy valorado en nuestra imaginación en el que nuestro ser amado  goza, se relaciona y vive experiencias que nosotros no podemos presenciar ni compartir por motivos de salud, trabajo u otros compromisos. Los relatos de lo vivido son siempre necesariamente sesgados, seleccionados e incompletos, por lo que suplimos las misteriosas lagunas con imágenes forjadas con nuestra personal paleta de miedos y deseos. Siempre hay un Trieste real y un Trieste imaginario.

El protagonista de À la recherche… es experto en Triestes imaginarios:

Era de Trieste, de aquel mundo desconocido donde yo sentía que gozaba Albertine, donde estaban sus recuerdos, sus amores de infancia, de donde emanaba aquella atmósfera hostil, inexplicable, como la que subía en otro tiempo hasta mi cuarto de Combray desde el comedor donde oía hablar y reír con los extranjeros, entre el ruido de los tenedores, a mamá, que no subiría a darme las buenas noches; como la que llenaba para Swann las casas donde Odette iba a buscar por la noche inconcebibles goces.

Marcel Proust, En busca del tiempo perdido, “Sodoma y Gomorra”, 1919-27


El origen

10 agosto, 2010

Mi ciudad de origen es en realidad una enfermedad mortal, con la que sus habitantes nacen o a la que son arrastrados y, si en el momento decisivo no se van, se suicidan súbitamente, directa o indirectamente, antes o después, en esas condiciones espantosas, o perecen directa o indirectamente, lenta y miserablemente, en ese suelo de muerte, arquitectónico-arzobispal-embrutecido-nacionalsocialista-católico, y en el fondo totalmente enemigo del ser humano.

Thomas Bernhard, El origen, 1975. Trad. Miguel Sáenz.


Gallery 291

24 junio, 2010

La Galería de Arte 291, situada en la Quinta Avenida de Nueva York,  fue creada y dirigida por el fotógrafo Alfred Stieglitz de 1905 a 1917, cuando en Estados Unidos de América todavía se respiraba un aire de provincianismo que rechazaba y temía el vanguardismo europeo.

En un principio estuvo dedicada sólo a exposiciones de fotografía y se llamó Little Galleries of the Photo Secession con la idea de distanciarse de  las concepciones tradicionales sobre la fotografía. Sin embargo, a partir de 1907 sus salas presentaban por primera vez en América  obras de Cezanne, Matisse, Toulousse-Lautrec, Rousseau, Severini y Picabia. También ahí encontraron un espacio muchos jóvenes artistas norteamericanos como Mauerer, Marin, Hartley, O’Keefe y Macdonald-Wright.

Todo el trabajo de Stieglitz y el estrecho círculo de artistas en torno a estos proyectos  iría abriendo el camino a la posterior organización del Armory Show (The International Exhibition of Modern Art) en 1913, que fue recibida por el público americano con una mezcla de curiosidad, espanto y burla.

El Armory Show no sólo sacudió violentamente al público americano; también afectó al artista americano, que vio cuán vacilante y limitada era su obra en contraste con la atrevida confianza de los europeos. Se demostraba precisamente lo que temía Roosevelt, que un arte radical implicaba una política radical, una política que América rechazaba. Para algunos artistas la exposición se convirtió en algo así como el caballo de Troya, no quedándoles prácticamente otra opción que producir imitaciones de segunda clase del cubismo durante los veinte años siguientes.

Kevin Power, “William Carlos William y los pintores”, “Poesía” (Revista ilustrada de información poética), nº 15, verano 1982.


Luvina

16 junio, 2010

-Ya mirará usted ese viento que sopla sobre Luvina. Es pardo. Dicen que porque arrastra arena de volcán; pero lo cierto es que es un aire negro. Ya lo verá usted. Se planta en Luvina prendiéndose de las cosas como si las mordiera. Y sobran días en que se lleva el techo de las casas como si se llevara un sombrero de petate, dejando los paredones lisos, descobijados. Luego rasca como si tuviera uñas: uno lo oye mañana y tarde, hora tras hora, sin descanso, raspando las paredes, arrancando tecatas de tierra, escarbando con su pala picuda por debajo de las puertas, hasta sentirlo bullir dentro de uno como si se pusiera a remover los goznes de nuestros mismos huesos. Ya lo verá usted.

Juan Rulfo, El llano en llamas, 1953.