Zweig sobre Rilke

27 marzo, 2017

De entre los poetas, quizá ninguno vivió de un modo más silencioso, enigmático e invisible que Rilke.(…) Puesto que evitaba el ruido e incluso la fama (esa «suma de todos los malentendidos que se concentran alrededor de un nombre», como dijo él mismo tan bellamente en una ocasión), la ola de vanidosa curiosidad que lo acometía sólo salpicaba su nombre pero no a su persona. Rilke era un hombre muy poco accesible. No tenía casa ni dirección donde poderlo visitar, ni hogar, ni residencia fija, ni trabajo estable. Estaba siempre de camino por el mundo y nadie, ni él mismo, sabía de antemano hacia dónde se dirigía. Para su alma inmensamente sensible y susceptible a las presiones, el tomar cualquier decisión, el tener que hacer planes o contestar una notificación era una carga molesta. Por esta razón tropezar con él era siempre una pura casualidad. (…)

Al igual que el comedimiento en la conducta, también el orden, la limpieza y el silencio eran para él verdaderas necesidades físicas; tener que viajar en un tranvía lleno a rebosar o estar en un local ruidoso lo trastornaba durante horas. La vulgaridad se le antojaba insoportable y, a pesar de vivir con estrecheces, su ropa siempre era el súmmum de la pulcritud, el aseo y el buen gusto. Su indumentaria también era una obra del arte de la discreción, estudiada y meditada, pero siempre provista de una sencilla nota personal, un pequeño accesorio que le complacía en secreto, por ejemplo un pequeño brazalete de plata en la muñeca. Y es que incluso en las cosas más íntimas y personales su sentido estético buscaba la perfección y la simetría. En una ocasión lo estuve observando en su casa mientras hacía las maletas antes de un viaje (había rechazado mi ayuda, y con razón, porque soy un incompetente para esas cosas). Era como hacer un mosaico: cada pieza, engastada casi con ternura en un espacio cuidadosamente reservado; me habría parecido un sacrilegio deshacer aquel conjunto floral con mi intervención. Y este elemental sentido de la belleza lo acompañaba hasta en el detalle más insignificante; no sólo escribía sus manuscritos con cuidada caligrafía de redondilla en papel de la mejor calidad y mantenía las líneas paralelas entre sí, como trazadas con regla, sino que también para las cartas menos importantes escogía un papel selecto y su letra caligráfica, regular, pulcra y redonda casi llegaba hasta los márgenes. Nunca, ni siquiera cuando la carta era urgente, jamás se permitió tachar una palabra, sino que, cada vez que una frase o una expresión se le antojaba poco afortunada, con toda su inmensa paciencia, volvía a escribir la carta entera. De las manos de Rilke jamás salió una cosa que no fuera absolutamente perfecta.

Ese carácter a la vez mortecino y retraído cautivaba a todos los que lo conocían íntimamente. Tan imposible era imaginarse a Rilke arrebatado como que otra persona, en su presencia, no perdiera su tono chillón y arrogante a causa de las vibraciones que emanaban del silencio del poeta. Pues su actitud retraída vibraba con una fuerza moral que proseguía misteriosamente su labor educadora. Tras una larga conversación con él, uno era incapaz de cualquier vulgaridad durante horas e incluso días.

Stefan Zweig: El mundo de ayer,  1942.
(Trad. A. Orzeszek y J. Fontcuberta)

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Irgend ein Baum (vielleicht)

16 julio, 2012

(…)Todo ángel es terrible.
Y por eso me contengo, sofocando el reclamo
de un oscuro sollozar. ¡Ay! ¿A quién podríamos
recurrir entonces? No a los ángeles ni a los hombres;
y los sagaces animales ya notan
que no estamos muy confiadamente en casa
en el mundo interpretable. Tal vez nos queda
algún árbol en la ladera, para verlo a diario
de nuevo: nos queda el camino de ayer
y la mimada fidelidad de una costumbre
que se encontró a su gusto en nosotros, y se quedó sin irse.

(…)

R.M. Rilke: Elegías de Duino, Primera Elegía (fragmento), enero 1912.

(Trad. J. M. Valverde)


You don’t remember your name

9 julio, 2011

Y si pasa el tiempo y empiezas a ver que tu nombre circula entre los hombres, no hagas de ello más caso que de todo lo demás que encuentres en sus bocas. Piensa que se ha vuelto malo y tíralo. Toma otro, cualquiera, para que Dios pueda llamarte en plena noche.

Rainer Maria Rilke, Apuntes de Malte Laurids Brigge, 1910


Quién, si yo gritara

10 junio, 2011

¿Quién, si yo gritara, me oiría entre los coros de los ángeles? Y suponiendo que me tomara uno de pronto hacia su corazón, me fundiría con su existir más fuerte. Porque lo bello no es sino el comienzo de lo terrible, que todavía apenas soportamos, y si lo admiramos tanto, es porque, sereno, desdeña destrozarnos. Todo ángel es terrible.

Rainer Maria Rilke, Elegías de Duino, Primera Elegía, enero 1912.


Torso arcaico de Apolo

21 mayo, 2011


No conocimos su inaudita cabeza,
en la que maduraron los frutos de sus ojos. Pero
su torso arde aún cual candelabro,
cuyo mirar, tan sólo atenuado,

perdura y resplandece. De otro modo la saliente
de su pecho no podría deslumbrarte, ni podría avanzar
una sonrisa por la silenciosa curva del lomo

hacia aquel centro de la procreación.

De otro modo esta piedra deformada y truncada
no se erguiría bajo la transparente caída de los hombros
ni centellearía como el pelaje de una fiera salvaje;

ni estallaría desde todos sus bordes como una estrella,
pues no hay en ella un sólo lugar que no te vea.
Debes cambiar tu vida.

Rainer Maria Rilke, Nuevos poemas, 1908.

(Trad. caminos dispersos)


To write or not to write

12 abril, 2010

Para qué escribir, me pregunté ayer. Pero la verdadera pregunta es: ¿tengo yo algo que decir? Y en caso de tenerlo, ¿tengo el talento y la autenticidad para decirlo de esa forma específica y luminosa -u oscura- mente mía? Lo que no se puede cuestionar es la escritura en sí misma; eso sería una traición a todas las lecturas. Sólo por lo que yo he experimentado leyendo ya está justificada la escritura.

Rilke lo tenía muy claro, lo veía como una misión, sin apatía, sin duda, una cuestión de vida o muerte:

…reconozca si se moriría usted si se le privara de escribir… pregúntese en la hora más silenciosa de su noche: “¿debo escribir?” Excave en sí mismo, en busca de una respuesta profunda. Y si ésta hubiera de ser de asentimiento, si hubiera usted de enfrentarse a esta grave pregunta con un enérgico y sencillo “debo”, entonces construya su vida según esa necesidad: su vida, entrando hasta su hora más indiferente y pequeña, debe ser un signo y testimonio de ese impulso.

Y entonces sólo queda sentarse:

Este Brigge, este extranjero, este joven insignificante, deberá sentarse, y, en su quinto piso, deberá escribir, escribir día y noche. Sí, deberá escribir y así acabará esta situación.

Pero yo soy una diletante, una afanada coleccionista de vani disegni a la que se le puede escapar el sentido de todo al doblar una esquina o al abrir los ojos con espanto después de una larga siesta; yo tengo una incompatibilidad química con la consagración. Y aún así, no puedo vivir sin escribir, si por “vivir” entiendo vivir éticamente -aristotélicamente- como ser humano, desplegando todo mi potencial y alcanzando la excelencia que a mí me ha sido dado alcanzar. Por una  cuestión de método, me dedicaré a ello como quien hace bricolaje o punto de cruz, evitando en todo momento los abismos. Como me levanto cada mañana para ir a trabajar bajo prohibición de cuestionar el sentido de tan absurdo teatro, así también puedo escribir. Se acabó el preguntarse por el sentido de las cosas. Hay que tener  fe en la nada como tal.


Dentro

10 abril, 2010

Nirgends, Geliebte, wird Welt sein, als innen. Unser
Leben geht hin mit Verwandlung. Und immer geringer
schwindet das Aussen. Wo einmal ein dauerndes Haus war,
schlägt sich erdachtes Gebild vor, quer, zu Erdenklichem
völlig gehörig, als ständ es noch ganz im Gehirne.

(En ningún lugar, amada, llegará a haber mundo, sino dentro. Nuestra vida pasá allá en transmutación. Y cada vez más pequeño se disipa lo externo. Donde una vez hubo una casa duradera aparece una estructura inventada, atravesada, perteneciente por completo a lo comprensible como si aún estuviera entera en el cerebro.)

Rainer Maria Rilke, Elegías de Duino. Séptima Elegía, 1922.

(Trad. J.M. Valverde)