W. Benjamin über M. Proust

16 enero, 2012

Seine Syntax bildet rhythmisch auf Schritt und Tritt diese seine Erstickungsangst nach.
(Su sintaxis imita rítmicamente paso a paso su miedo a la asfixia.)

Walter Benjamin, “Zum Bilde Prousts”, 1929.


La celda de Portbou

5 julio, 2011

Tengo las alas prontas para alzarme, con gusto volvería atrás, porque de seguir siendo tiempo vivo, tendría poca suerte.

Gerhard Scholem, Gruss vom Angelus,  en Walter Benjamin, Über den Begriff von Geschichte, These IX.

La muerte de Walter Benjamin en una habitación de un hostal de Portbou en septiembre de 1940  tiene un halo de misterio. Aunque el certificado de defunción la atribuya a una hemorragia cerebral, generalmente se ha aceptado que se trató de un suicidio. Según relata Scholem,  Benjamin “estaba convencido de que una nueva guerra mundial entrañaría la utilización de gas letal y traería consigo, por tanto, el fin de toda civilización” y durante la aciaga década de 1930 el exilio, la precariedad material, el horror ante los acontecimientos y la decadencia física le hicieron alimentar a conciencia la idea del suicidio.

Hay quien sostiene que Benjamin fue asesinado por agentes estalinistas, pero no existen pruebas que confirmen esa teoría de conspiración. Lo único que tenemos es el testimonio de una mujer que atravesó los Pirineos con él por la ruta Lister,  Henny Gurland, que en una carta  nos lega el angustiado relato de  sus últimos días y su muerte. En Walter Benjamin. Historia de una amistad (1975), Gershom Scholem la reproduce y la toma por “la única noticia auténtica de los sucesos ligados a su muerte”.  Fue escrita el 11 de octubre de 1940 a Arkadi Gurland, un colaborador del Instituto  de Horkheimer y reenviada por Adorno a Scholem en 1941:

…Te habrás enterado sin duda de nuestra espantosa experiencia con Benjamin. Él, Joseph y yo habíamos partido de Marsella para hacer juntos el viaje. Yo había entablado en Marsella bastante amistad con él, de modo que me consideró apropiada como compañera de viaje. En el camino de los Pirineos nos encontramos con la señora Birmann, su hermana la señora Lipmann y la señora Freund, del Tagebuch. Esas doce horas supusieron para todos nosotros un esfuerzo atroz. El camino nos era totalmente desconocido, y en parte tuvimos que recorrerlo trepando a cuatro patas. Por la tarde llegamos a Port-Bou y fuimos a la gendarmería para solicitar nuestro visado de entrada. Durante una hora estuvimos nosotros tres, junto a otras cuatro mujeres, llorando, porfiando, suplicando desesperados ante los funcionarios, mostrando nuestros documentos perfectamente en orden. Todos estábamos catalogados como sans nationalité, y se nos dijo que desde hacía algunos días se había publicado un decreto que prohibía dejar entrar en España a gente sin nacionalidad. Se nos permitió pasar una noche en un hotel, soi-disant bajo vigilancia, y se nos presentaron tres policías que nos debían acompañar a la mañana siguiente hasta la frontera francesa. Yo no disponía de otro documento que mis papeles americanos, para Joseph y para Benjamin, esto significaba el internamiento en un campo de concentración. Así pues, nos retiramos presos de desesperación a nuestras habitaciones. A la mañana siguiente, hacia las 7, la señora Lipmann subió para avisarme de que Benjamin me había llamado. Éste me confesó que la víspera por la noche, hacia las 10, había ingerido grandes cantidades de morfina y que yo debía tratar de presentar el asunto como una enfermedad

No se sabe exactamente dónde están sus restos, porque fue enterrado de manera anónima y cuando Hannah Arendt visitó el cementerio  en 1941 no encontró por ningún lado el nombre de su amigo.  Con el tiempo se improvisó una tumba turística, en vista de que cada vez más  admiradores buscaban un lugar que identificar con el mito. Gershom Scholem no se dejó emocionar por la belleza del lugar y así lo manifiesta al final del libro en el que relata su amistad con Benjamin: “Ciertamente, el lugar es hermoso; pero la tumba es apócrifa.”

Las otras personas que cruzaron los Pirineos con él dibujan la figura de un hombre débil y cansado, aquejado de dolencias cardiacas, que tenía que parar cada diez minutos para descansar porque se asfixiaba. La guía de viaje Lisa Fittko cuenta que iba aferrado a una maleta de la que él decía que contenía su más  valiosa pertenencia. Muchos han querido interpretar, nutriendo el mito benjaminiano, que ahí llevaba las páginas aún no impresas y condenadas a ser póstumas de Las tesis sobre  Filosofía de la Historia, lo cual es bastante lógico, dado que las escribió unos meses antes. Lo qué pasó con esa maleta es otro enigma.

El cuadro de Paul Klee Angelus Novus (1920), que le inspirara la novena reflexión de las Tesis sobre Filosofía de la Historia era otra de las más preciadas pertenencias para Benjamin. Lo compró en 1921 y se lo llevó con él a  su exilio en París,  pero antes de partir para su último viaje lo dejó a cargo de Bataille. Acaso su ángel de la Historia, el que se ve arrastrado por un huracán hacia el futuro sin poder virarse hacia adelante porque contempla horrizado el pasado que se aparece como “una catástrofe única” que se amontona hasta el cielo, sepa exactamente cómo murió Walter Benjamin, si es que pudo mantener sus desorbitados ojos abiertos.


W. B.

5 mayo, 2011

Benjamin no era lo que se pudiera llamar un hombre guapo, pero resultaba impresionante a causa de su frente extraordianariamente alta y plana, sobre la  cual emergían unos cabellos densos y abundantes, de color castaño oscuro, ligeramente ondulados y difíciles de disciplinar, tal como se mantuvieron, progresivamente virados hacia el gris, hasta el último momento. El tono de su voz era hermoso, melódico y penetrante. Producía una fuerte impresión, cuando leía en voz alta, con su reposada y bien articulada dicción. Era de mediana estatura, muy delgado, tanto en aquella época como todavía muchos años después; vestía de un modo acentuadamente poco llamativo y se mantenía de ordinario ligeramente inclinado hacia delante. (…)  Bajo la frente destacaban sus gafas, de gruesos cristales, que se quitaba con frecuencia mientras hablaba, descubriendo así sus impresionantes ojos de azul oscuro. (…)  Su rostro cobraba, apenas hablaba, una expresión curiosamente cerrada, o más bien como vuelta hacia adentro.  Nunca dejó de lucir un bigote bastante espeso, pero el resto de la cara lo llevaba siempre escrupulosamente afeitado.  La piel de su cuerpo era  de una acentuada blancura; la del rostro, sin embargo, tendía a enrojecer ligeramente. Las manos delgadas, bellas y muy expresivas. (…) Parecía envuelto permanentemente por un halo de silencio, que transmitía a los demás y que actuaba como barrera intuitivamente perceptible a su alrededor aun en los casos, no demasiado frecuentes, en los que Benjamin evitaba hacerla visible.

Gershom Scholem, Walter Benjamin. Historia de una amistad, 1975.


Los alimentos

21 abril, 2011

Al igual que el agua, el gas o la corriente eléctrica llegan desde lejos a nuetras casas para satisfacer  nuestras necesidades con el mínimo esfuerzo, llegaremos a ser alimentados con imágenes y sonidos, que surgirán  y desaparecerán  al mínimo gesto, con una simple señal.

Paul Valéry, “La conquête de l’ubiquité” en Pièces sur l’art, París, 1934 (citado por Walter Benjamin en La obra de arte en la época de su reproducción mecánica, 1939).